Así es el trabajo de los entrenadores, de futuro incierto y desagradecido en la mayoría de los casos. Poco importan los triunfos y logros conseguidos en el pasado. Si en el presente los resultados o el juego del equipo no es del agrado del “sabio” aficionado o del presidente del Club, el entrenador tiene los días contados. Poco influirá si tiene contrato en vigor, si los jugadores alaban su trabajo, si estamos en Navidad, si lleva unos meses en el cargo o si fue el entrenador que subió el equipo a primera la temporada pasada.
Todo es insignificante excepto los resultados del equipo y, en menor medida, la vistosidad de su fútbol. De un día para otro… a la calle. Ahí podemos encontrar en estos momentos a Quique Sánchez Flores, ex-entrenador del Valencia C.F., que ayer fue destituido cuando su equipo figura en la 4ª posición de la Liga. Evidentemente, como la casi totalidad de entrenadores despedidos, saldrá por la puerta de atrás del club y con la afición en contra.
De igual forma, cuando es el entrenador el que toma la decisión de rescindir el contrato con su club por una oferta mejor: es un pesetero, no siente los colores, en el peor momento de la temporada… ¿Esos mismos aficionados, que ahora critican su marcha, no habrían pedido la destitución de Juande Ramos si el Sevilla F.C. estuviera el último en la clasificación? ¿Acaso los entrenadores tienen que rechazar todas las ofertas de otros clubes hasta que los echen del suyo? Vamos, que no hay buena “salida”: si te echan, mal… y si te vas, ¡peor!

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