¿Qué sentido tiene mantener un espectáculo en el que cualquier aficionado puede ser asesinado? ¿Qué grado de incompetencia alcanza un gobierno que no es capaz de proporcionar seguridad a los simpatizantes del espectáculo? ¿Qué diagnóstico se puede hacer de una sociedad en la que algunos de sus individuos asisten a un entretenimiento armados hasta los dientes y con el propósito de matar?
Así está el fútbol en Argentina. Otra desgracia más el pasado fin de semana, con innumerables heridos, detenidos, vándalos, asesinos… y otro muerto a los más de 175 que ya engrosan la lista de fallecidos en el fútbol argentino desde 1939. Un fútbol en el que los futbolistas denuncian amenazas de muerte por parte de la hinchada rival, pistola en mano, para que pierdan el partido. Está claro que en Argentina “el fútbol no es cuestión de vida o muerte, es mucho más importante que eso”:
El anuncio está muy bien y muy bonito en la teoría, pero si esta forma de vivir el fútbol nos lleva al salvajismo del fin de semana (da pena ver a ancianos y niños huyendo de las gradas):
Uno prefiere que acaben con el fútbol antes de que maten a otro aficionado en su nombre. Si el gobierno argentino no es capaz de acabar con esta vergonzosa lacra y no son lo suficientemente competentes como para erradicar a los violentos energúmenos de su fútbol… acaben con éste. Ningún deporte tiene sentido si provoca que un niño de 16 años tenga que escaparse mientras presencia la muerte de su tío de una pedrada.

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